Martín, de épica y muletas

mayo 18, 2026

Pasan los años y es imposible no recordar que hubo una vez un goleador, que cuya mayor habilidad era nunca dejar de creer en él mismo.

Martín sabe que no será fácil. Entiende que no puede controlar el tiempo, pero siente que cada paso valdrá la pena. El corazón de un campeón nunca puede ser subestimado. Fueron días de gimnasio, semanas de kinesiólogos y meses largos de esa buena soledad; la que acompaña, la que enfrenta a uno mismo contra el mundo que observa desde afuera mientras adentro se libran batallas silenciosas.

Volver de una lesión siempre trae variables imposibles de controlar: miedos, ansiedad, bronca, pensamientos que despiertan donde antes había certezas. Pero existe algo más poderoso que todo eso junto, algo que va mucho más allá de lo médicamente posible: la mente del campeón. Esa que encuentra una marcha más cuando el motor pide detenerse. Esa que ya no distingue entre dolor y esfuerzo cuando el objetivo está adelante.

Ahí está él, solo con su guerra, aunque rodeado por una energía única. Sesenta y cinco mil almas empujan el mismo sueño. El mismo que soñó cuando llego al club, ese partido que también imagino jugar y definir. Toda conjugación que, a la distancia, parece perfecta; presente duro para un futuro mágico.

La noche comienza tensa. La pelota rueda, Boca avanza, pero no consigue quebrar el rectángulo que custodia Tito Bonano. El partido de ida terminó 2-1 a favor del equipo de Núñez. River, con la ventaja en el bolsillo, resiste y espera dar la estocada final de contragolpe. Un conjunto de movimientos sencillos y controlados solo puede quebrarse con la capacidad mental por sobre el juego.
Para Boca todo cuesta el doble. Los goles no llegan cuando más se los necesita; son amores que aparecen cuando deben y no cuando uno los reclama. La Bombonera empieza a venirse encima del campo de juego y el Virrey entiende que llegó el momento de dar el empujón final para avasallar a su rival.

Pocas veces un partido empieza a jugarse días antes. Declaraciones, cruces y palabras encendieron la mecha. A veces la mejor forma de enfrentar a un rival es el silencio, porque hay personas a las que jamás conviene provocar, mucho menos regalarles un objetivo tan claro: callar bocas ajenas. Martín sabe que será difícil, pero también entiende que la épica suele elegirlo a él. Que nada es casualidad, que todo en su vida es causalidad y que sin caer en frases hechas: Dios eligió un buen guerrero para esa batalla futbolera.

Quedan menos de quince minutos cuando el Virrey lo llama. Algo cambia automáticamente en su mirada. Los ojos mutan. Martín vuelve justo cuando tenía que volver. Hubo demasiado sufrimiento en el medio, pero ese era el momento. Su casi renguera demuestra que el cien por ciento es apenas un número. El amor propio lo lleva en andas para demostrar que todavía puede dar un poco más, incluso cuando nadie lo cree, salvo él mismo.

Entonces alcanza un desborde para ubicarlo otra vez en tiempo y espacio, en su hábitat más natural. Recibe la pelota ante la mirada desconcertada de los defensores rivales, que no saben qué hacer. Martín se los devora con su rodilla maldita, con ese movimiento tosco al borde del ridículo, con esa fracción de segundo suspendida para siempre. Y saca el zurdazo.


El gol lo eleva a un altar reservado para muy pocos. Corre desesperado hacia el banco y abraza al primero que se cruza en su camino. Detrás suyo van cayendo las muletas, abandonadas para siempre al costado del arco, como un símbolo eterno. Para que todo el que pase por ahí las vea y las esquive. Para que el mundo entienda que Palermo fue mucho más que un goleador. Porque además del olfato, tenía el optimismo más grande del mundo.