Se cierra o no una etapa es algo que el futuro se encargará de decidir, pero haberle dado la dimensión necesaria es lo mejor que nos podemos llevar, entender que ciertos eventos de la vida solo requieren vivirlo sin pensar en nada.
De un tiempo atrás a hoy en día, vivimos algo que jamás olvidaremos. Momentos que serán motivo de emoción y que, por suerte, la razón supo esperar para dar paso a tan enorme ilusión. Un amor que no necesitó dejar de lado la credulidad para ser grande.
¿Son apenas 20 años? ¿Por qué parece tan corto ahora que se acerca el final? El mundo no se detuvo y acumuló miles de instantes, de los buenos y de los malos. Pero siempre allí tuvimos la lucidez de entender que esto no era normal, que haber nacido y elegido estar con la celeste y blanca era más que una bendición. Nos elegiste y te elegimos, eso no tiene ningún precio.

Fuimos creciendo, viéndote disfrutar, sufrir y pelear por un legado; ese que años atrás otros dejaron arriba y había que volver a vivir. Te cargaste una cruz sin merecerla, pero la llevaste con valentía a lo más alto. Y sí, el viaje ¡valió la pena!, como un tango del Polaco: “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”.
Ahora que el viaje entra en su tiempo de descuento, queda la tranquilidad de los que ganaron la apuesta más difícil: la de persistir, la de no rendirse, la de siempre intentarlo una vez más y que al final los buenos, también, ganan. Nos diste el refugio de una alegría compartida en cada esquina, un abrazo que unió a generaciones y la certeza de que fuimos los más felices del mundo.

En tiempos donde todo es efímero y tiene que ser productivo verte jugar fue vivir el momento. Estar ahí cuando todo sucedía, suspender la mente y no perder ese niño interior que corre detrás de una pelota. Fuimos felices y nos dimos cuenta.


