Durante muchos años, cuando se hablaba de fútbol femenino, el eco llevaba un nombre casi inevitable: Estados Unidos. Su palmarés abruma —cuatro Mundiales, cinco oros olímpicos, nueve Copas Concacaf—, y su legado ha estado marcado por futbolistas que transformaron el deporte: Mia Hamm, Abby Wambach, Hope Solo, Alex Morgan, Carli Lloyd, Megan Rapinoe… auténticas leyendas.
Pero algo empezó a cambiar. Y ese cambio tiene idioma, acento y estilo propio. El fútbol femenino – no soccer– hoy, también se escribe en español.
España ha irrumpido con una fuerza que nadie esperaba hace apenas una década. Lo que ocurrió ayer en un Metropolitano lleno hasta la bandera —la segunda Nations League conquistada, el tercer título en un año tras el Mundial de 2023— es la confirmación de un resurgir que ya no admite discusión.
Con Sonia Bermúdez e Iraia Iturregi dirigiendo, y los regresos simbólicos de Mapi León y Jenni Hermoso, la selección ha demostrado que su techo está más lejos de lo que nadie imaginaba.
La revolución silenciosa que cambió para siempre a España
El camino no fue sencillo. Todo empezó cuando, en 2022, las jugadoras alzaron la voz para pedir algo tan básico como profesionalidad, recursos y respeto. Aquella lucha encendió una mecha que hoy ilumina el panorama actual. Desde entonces, España pasó de ser un proyecto a ser una potencia.
Las veteranas como Mapi y Jenni hoy comparten liderazgos con una camada única: Aitana Bonmatí, tres veces Balón de Oro, ausente ayer por su lesión en el peroné; Alexia Putellas, doble Balón de Oro; una generación que ha entendido que talento y carácter deben caminar juntos.
Y detrás de ellas, el FC Barcelona, cuya apuesta por el fútbol femenino ha impulsado el crecimiento de clubes como Real Madrid o Atlético, creando un ecosistema competitivo que hace solo diez años parecía impensable.
Porque si alguien nos hubiera dicho entonces que España sería campeona del mundo, doble campeona de la Nations League, subcampeona de Europa y referente global, probablemente habríamos sonreído incrédulos.
Hoy, simplemente, es una realidad.
España ya no quiere alcanzar a nadie. España quiere seguir escribiendo su propia historia. Y, lo más emocionante de todo, es que esto no ha hecho más que empezar.


