El Rayo, al límite

septiembre 7, 2026

Sin poder jugar en Vallecas, con una afición que ha salido a la calle, los veteranos enfrentados con el club y miles de rayistas pidiendo la marcha de Martín Presa, la Franja atraviesa una situación que va mucho más allá de los resultados.

La situación actual del Rayo Vallecano es mala. Muy mala. Y no precisamente por lo que pasa con el balón.

De hecho, el equipo acaba de ganar. El Rayo consiguió ante el Racing su primera victoria de la temporada, remontó y sumó tres puntos que necesitaba muchísimo. Pero basta con alejarse un poco del césped para entender que ahora mismo el resultado casi es lo de menos.

Porque el Rayo no tiene casa.

Vallecas sigue cerrado y el equipo se ha visto obligado a comenzar la temporada jugando sus partidos como local en Butarque. Pero el problema no es solamente tener que desplazarse unos kilómetros hasta Leganés. El problema es todo lo que está pasando alrededor: la falta de información, las versiones completamente diferentes entre el club y la Comunidad de Madrid, el enfado de una afición que lleva años avisando de la situación del estadio y una relación entre Martín Presa y buena parte del rayismo que parece haber llegado a un punto prácticamente insostenible.

Y lo ocurrido este fin de semana quizá sea la mejor fotografía para entenderlo.

Mientras alrededor de 4.000 rayistas recorrían las calles de Vallecas para defender su estadio y pedir la marcha de Presa, el Rayo se preparaba para jugar a varios kilómetros de su barrio, en un Butarque prácticamente vacío. Solo 4.529 personas acudieron al encuentro ante el Racing y alrededor de un millar eran aficionados visitantes.

Vallecas estaba llena de rayistas. El estadio en el que jugaba el Rayo, no.

Y pocas imágenes explican mejor el momento que vive el club.

Un problema que no empezó ayer

Porque todo esto no ha aparecido de repente.

Los problemas del Estadio de Vallecas llevan años sobre la mesa. La afición ha denunciado una y otra vez sus condiciones y ahora, después de muchísimo tiempo, se ha llegado a una situación que parecía impensable: el Rayo no puede jugar en su propio campo.

La Comunidad de Madrid tiene responsabilidad. Es imposible ignorar durante años el deterioro de un estadio de su propiedad y actuar solamente cuando la situación ya ha explotado. Que ahora se estén tomando medidas es positivo. Por lo menos se está haciendo algo. Pero también cabe preguntarse por qué se ha tardado tanto.

Ahora bien, desde el Rayo tampoco puede valer únicamente con señalar hacia fuera.

Porque escuchar a Martín Presa defender el estado del estadio mientras miles de aficionados llevan años denunciando sus problemas resulta, como mínimo, difícil de entender.

Si todo estaba tan bien, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Club y Comunidad, una guerra que paga el rayista

Ahora mismo existen prácticamente dos relatos diferentes sobre Vallecas.

El Rayo defiende que ha cumplido y que el estadio está preparado. La Comunidad sostiene que todavía quedan comprobaciones pendientes antes de garantizar que se puede abrir con seguridad.

Unos señalan a los otros y los otros responden a los unos.

Pero mientras continúa esa pelea, hay una realidad que no admite demasiadas interpretaciones: el Rayo sigue sin jugar en Vallecas.

Y quien paga las consecuencias no es Presa. Tampoco los responsables políticos. Las paga el aficionado.

El abonado que no sabe cuándo podrá volver a su asiento. El que lleva toda la vida bajando a Vallecas a ver al Rayo y ahora tiene que desplazarse hasta Leganés para ver a su equipo ejercer de local. El que escucha una versión un día y otra completamente distinta al siguiente.

Por eso la situación ha terminado explotando.

“El Rayo es de Vallekas o no será”

Este sábado el rayismo habló.

Miles de aficionados salieron desde la Fuente de la Asamblea bajo un lema que no necesita demasiadas explicaciones: “El Rayo es de Vallekas o no será”.

La marcha tenía dos reivindicaciones principales: defender el estadio y exigir la salida de Martín Presa. Más allá del número exacto, la imagen fue enorme.

Había peñistas, familias, abonados históricos y caras que forman parte de la historia del club.

No estaban protestando contra el Rayo. Estaban protestando por el Rayo.

Y esa diferencia es importante para entender todo lo que está pasando.

Porque después de la manifestación muchos aficionados decidieron no acudir a Butarque. Era otra forma de protestar. Si el Rayo no juega en Vallecas, ellos tampoco quieren fingir que jugar en Leganés es normal.

4.529 personas para ver a un equipo de Primera

La imagen de Butarque fue desoladora.

Un estadio con capacidad para más de 14.000 espectadores presentó enormes zonas vacías. Solo hubo 4.529 personas y una parte importante pertenecía a la afición del Racing.

No era la primera vez.

Ante el Alavés ya habían acudido únicamente 4.280 espectadores. La afición había avisado de que no quería normalizar el exilio y lo está demostrando con hechos.

Incluso quienes sí entraron al estadio aprovecharon el partido para protestar. Los cánticos contra Presa volvieron a escucharse durante el encuentro.

Y entonces, entre todo ese ruido, el Rayo ganó.

Una victoria que no tapa nada

El equipo necesitaba los tres puntos y los consiguió.

Pero ni siquiera ganar consiguió cambiar el tema de conversación.

Después del encuentro, Sergio Camello pidió que la victoria no hiciese olvidar todo lo que está sufriendo el rayismo y reclamó la vuelta a Vallecas.

Y ahí está otra de las señales que deberían preocupar al club.

Esto ya no es únicamente cosa de cuatro aficionados enfadados en redes sociales.

Son miles de personas manifestándose. Son peñas organizándose. Son aficionados dejando vacío Butarque. Son antiguos jugadores alejándose de la entidad. Y son futbolistas de la actual plantilla hablando públicamente de la necesidad de recuperar su estadio.

Hay demasiadas señales como para seguir mirando hacia otro lado.

Hasta los veteranos han dicho basta

Un día antes de la manifestación llegó otra noticia especialmente dolorosa para el rayismo.

La Asociación de Exjugadores decidió desligarse del club y dejar de representarlo en actos y partidos benéficos. Hablamos de personas que han vestido esa camiseta, que conocen lo que significa el Rayo y que llevan décadas representando su historia.

Su explicación fue muy dura: denunciaron el “desinterés y falta de respeto” recibido por parte del club y señalaron directamente a la gestión de Martín Presa.

Y aun así dejaron algo muy claro.

Rompen con el club institucionalmente, pero no con el Rayo.

Seguirán presumiendo de su historia y ayudando allí donde puedan porque, como ellos mismos explicaron, el Rayo pertenece también a quienes construyeron esa historia: aficionados, jugadores, entrenadores y vallecanos.

Quizá ahí esté el mejor resumen de lo que está ocurriendo.

El problema no es el Rayo

Porque la afición no ha abandonado al Rayo. Al contrario. Ha salido a la calle por él.

El problema es que cada vez parece existir una distancia mayor entre lo que representa el Rayo Vallecano y quienes actualmente lo dirigen.

Un club como el Rayo no se entiende sin Vallecas. No se entiende sin su gente, sin sus peñas, sin sus veteranos y sin ese estadio pequeño, incómodo y diferente que forma parte de su identidad.

Por eso duele especialmente verlo así.

Sin campo. Con miles de aficionados enfrentados a su presidente. Con leyendas alejándose de la entidad. Con los jugadores reclamando volver a casa. Y con el club y la Comunidad de Madrid intercambiándose responsabilidades mientras nadie sabe con seguridad cuándo terminará todo.

Y sí, la Comunidad tendrá que asumir la parte que le corresponde. Después de tantos años, ya iba siendo hora de actuar y garantizar que el Estadio de Vallecas sea un lugar digno y, sobre todo, seguro.

Pero desde el Rayo también toca mirar hacia dentro.

Porque cuando miles de personas salen a la calle, cuando un estadio se queda vacío de forma voluntaria y cuando hasta quienes han construido la historia del club deciden apartarse, quizá el problema ya no pueda explicarse simplemente señalando al de enfrente.

El Rayo ganó este fin de semana.

Pero su partido más importante se sigue jugando fuera del césped.

El de recuperar Vallecas.

Y, quizá todavía más difícil, el de volver a encontrarse con su propia gente.